El canto del Petrel/Máximo Gorki

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Por encima del plateado océano el viento está reuniendo nubes tormentosas,  entre las nubes y el mar vuela orgulloso el Petrel, como el surco de un rayo negro.

Sus alas acarician las olas, entonces, asciende como una flecha cortando las nubes y gritando con ferocidad, mientras las nubes sienten el éxtasis del ave en su valiente clamor.

¡En ese grito resuena el ansia por la tempestad! Resuena la llama de su pasión, de su ira, de su confianza en el triunfo.

Las gaviotas están gimiendo de terror, gimiendo y precipitándose sobre las aguas, con mucho gusto ocultarían su temor en las oscuras profundidades del océano.

 Los somormujos también están gimiendo, no es para ellos el éxtasis indescriptible de la lucha: el estruendo de los truenos les asusta.

Y los tontos pingüinos se encogen con timidez en las grietas de las rocas, mientras que sólo el Petrel  vuela orgulloso y libre sobre el océano, sobre la espuma de plata de las aguas.

Cada vez más bajas, cada vez más negras, se hunden las nubes en el mar, y el canto de las olas crece y  se levantan en su anhelo de encontrarse con el trueno.

Retumba el trueno, ahora  las aguas luchan ferozmente contra el viento, que enfurecido las agarra en un abrazo inquebrantable, lanzando la masa esmeralda hasta hacerla añicos contra los acantilados.

Como un relámpago negro, vuela y chilla el Petrel, atravesando las nubes tormentosas como una flecha, penetrando velozmente en la profundidad de las aguas.

Él se lanza como un demonio, el demonio negro de la tempestad, a veces riendo, a veces  sollozando… riéndose de la tormenta y llorando de alegría.

En el estruendo de los truenos el sabio demonio escucha un susurro de agotamiento y sabe que la tormenta va a morir, que el sol saldrá triunfante, ¡el sol siempre sale triunfante!

Las aguas rugen, los truenos retumban, furiosas llamaradas de luz caen sobre el océano hirviente y los dardos de fuego son capturados y extinguidos por las aguas, mientras los reflejos serpentinos, se retuercen, expiran, en la profundidad.

¡Es la tormenta! ¡La tormenta se está desatando!

Aún el valiente Petrel vuela orgulloso entre los relámpagos, sobre el tremendo  y embravecido océano, y su grito resuena exultante, como una profecía de triunfo:

¡Deja que se desate con toda su furia!

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*Escrito en 1901 intentando esquivar la censura del imperio zarista, su publicación acarrearía la detención temporal del autor, y se convertiría en una de las piezas favoritas de Lenin.

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La eliminación del coronel Rowe en Filipinas

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James Nicholas “Nick” Rowe, era un militar norteamericano que habiendo estado destinado en Vietnam formando parte de un grupo de fuerzas especiales, sería capturado por una unidad de guerrilleros del Vietcong, durante los interrogatorios se haría pasar por ingeniero civil pero su cobertura sería descubierta mas tarde al figurar en una lista de agentes de inteligencia, pasaría 5 años cautivo en un campamento del bosque de U Minh, en el extremo sur de Vietnam, conocido como el ¨bosque de la oscuridad¨, hasta el día señalado para su ejecución, en que conseguiría escapar aprovechando el descuido de sus guardias durante una incursión de helicópteros en la zona, huyendo a través de la selva hasta ser rescatado por otro helicóptero.  Años después, se encargaría de diseñar un curso militar basado en su experiencia como prisionero, llamado ¨S.E.R.E.¨(Supervivencia Evasión Resistencia y Escape), curso que se convertiría en un referente en EEUU, siendo impartido desde entonces hasta hoy como el programa de entrenamiento mas completo para los nuevos aspirantes a las fuerzas especiales. Posteriormente, se le vería en las Islas Filipinas ya como coronel, siendo designado jefe de la división del ejército del Grupo Asesor Militar Conjunto (JUSMAG), dedicado a las formación en contra-insurgencia del ejército filipino,  trabajando en estrecha colaboración con la CIA y los servicios de inteligencia filipinos con la misión de penetrar la guerrilla comunista del Nuevo Ejército del Pueblo.

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Transcurrido un tiempo, Rowe obtendría información sobre la existencia de una lista de posibles objetivos de la guerrilla a corto plazo, entre los cuales figuraba su nombre en el puesto número 2, por lo que se reforzaría su protección y la de otros altos perfiles colocados en el punto de mira, pero nada de eso sirvió, su suerte estaba echada, un 21 de abril de 1989, cuando regresaba a la sede del JUSMAG en una limusina blindada, un grupo de encapuchados con armas automáticas le tenderían una emboscada impactando su coche con 21 proyectiles de M16, varios de los cuales entrarían por una pequeña ventana de ventilación que estaba bajada debido a que se había estropeado el aire acondicionado, Rowe moriría en el acto, tras el ataque, el Nuevo Ejército del Pueblo reivindicaría la acción como respuesta al imperialismo norteamericano y su política neocolonial y al gobierno corrupto y criminal filipino que apoyado por los americanos ejercía el terrorismo de Estado, practicando matanzas, torturas, violaciones y desplazamientos forzados de campesinos a través de unas fuerzas represivas entrenadas por hombres como Rowe, para favorecer los intereses de los monopolios extranjeros.

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Referencias

http://www.psywarrior.com/rowe.html

CDR: Comités de Defensa de la Revolución.

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Los CDR son una organización de masas cubana creada en 1960, que tiene dentro de sus objetivos movilizar a todo el pueblo en las tareas de defensa de la Revolución y de las conquistas del socialismo, desempeñando tareas de vigilancia colectiva frente a la injerencia externa y los actos de desestabilización y terrorismo, mediante el trabajo directo con las personas y las familias de la comunidad. La estructura de los CDR es de carácter territorial, y se organiza a los fines de su dirección en: barrios, zonas, municipios, provincias y nación. Entre sus primeras tareas para contrarrestar las acciones de los enemigos de la Revolución estuvieron: el apoyo brindado en las zonas montañosas a la Operación Limpieza con la participación de sus miembros en los batallones de milicias campesinas que conjuntamente con integrantes del Ejercito Rebelde, erradicaron las bandas contrarrevolucionarias organizadas por la Agencia Central de Inteligencia (CIA); así como durante la invasión mercenaria del imperialismo norteamericano por Playa Girón, en la que con la proclamación de las consignas: ¡Patria o Muerte! y ¡Muerte al Invasor!, en menos de 72 horas, pasó a la historia como la Primera Derrota del Imperialismo Yanqui en América Latina y durante la cual los CDR desempeñaron un importante papel en la desarticulación y neutralización de los elementos que pretendían servir de quinta columna a la brigada mercenaria.

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Cuba ha padecido desde 1959, literalmente, miles de acciones terroristas, y centenares de asesinatos durante décadas, este asedio no ha escatimado ningún tipo de medio dentro de sus intentos infructuosos de destruir el proyecto revolucionario: incendios masivos de plantaciones de caña de azúcar, secuestros de aviones, sabotajes a fábricas, bombardeos desde avionetas, colocación de bombas en hoteles, incendio de escuelas rurales y cooperativas, sabotajes a las líneas del ferrocarril, bombas en caferías ,cines y teatros, incendios de granjas, voladura de barcos, asaltos a sedes o locales de organizaciones populares y del gobierno, incendios de almacenes y tiendas, colocación de bombas indiscriminadas en zonas de interés turístico, voladuras del tendido eléctrico, explosiones en refinerías, invasiones de mercenarios, ametrallamientos nocturnos desde lanchas en zonas costeras, tiroteos contra autobuses y trenes, bombas en aviones civiles, asesinatos y secuestros de campesinos, ataques contra embajadas y personal diplomático en el exterior, y el asesinato de numerosos milicianos, policías, militares, maestros, y dirigentes populares.

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Por otro lado, los CDR tuvieron como objetivos, entre otros, la participación en la Campaña Nacional de Alfabetización y la realización de vacunaciones contra la poliomielitis y otras enfermedades.

Hoy día, también participan en tareas de salud, higiene, de apoyo a la economía y de fomento de la participación ciudadana en distintos ámbitos, como en la participación en las elecciones o en las asambleas, la atención a la niñez y los ancianos, la realización de trabajos voluntarios o las donaciones voluntarias de sangre, las cuales ascienden a más de medio millón anuales.

Referencias

http://www.alainet.org/es/active/41099

http://www.granma.cu/granmad/secciones/cdh61/condene/terrvscub_1959.html

 

1984. Nueva Caledonia. La comuna de Thio/Daniel Guerrier

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En 1774, James Cook descubre en el sur del océano Pacífico las tierras que denominará New Caledonia. Desde 1840, se instalan los primeros evangelizadores, los católicos en la gran isla, la «Gran Tierra», extendida sobre 400 km, y los protestantes en las islas Loyauté (Maré, Tiga, Lifou y Ouvéa), y se encuentran con las poblaciones «originarias» locales, los kanak (palabra invariable en lengua polinesia, los «seres humanos», sin consideración racial), melanesios originarios del sureste asiático, llegados a la Gran Tierra y a las islas Loyauté cuatro mil años antes.
El descubrimiento de la riqueza mineral de la Gran Tierra dará una considerable importancia a la colonización y suscitará, para desgracia de los kanak, la codicia de todos: la Gran Tierra contiene el 25% de las reservas mundiales de níquel.
Desde la toma de posesión de la Nueva Caledonia en nombre del gobierno francés en 1853, los kanak se encuentran en situación de apartheid, en un cuadro colonial. Relegados a las reservas, fueron sometidos al estatuto de indígena desde 1887 a 1946, lo que quiere decir, sometidos a trabajos forzados, a la prohibición de circular y al impuesto de capitación. Sólo hasta 1957, no obtuvieron el derecho de voto como cualquier ciudadano francés. Hoy, con 86.000 individuos son minoría en su propio país.
Los kanak todavía son portadores de una verdadera civilización comunitaria original organizada en torno de los «usos y costumbres», con dones y contra-dones, sin clases y sin Estado («Una sociedad sin cárcel, sin asilo y sin orfanato» decía uno de los actores del «despertar kanak» en los años 70, Nidoish Naisseline en 1969; «La civilización kanak: una suerte para el socialismo» escribía Jimmy Ounei en 1982), donde las relaciones humanas y las formas de producción en función de las necesidades de cada uno se unen a una filosofía que excluye cualquier forma de dominación, de explotación y de opresión. Los que tiene el estatuto de «jefe» no lo son en el sentido occidental del término, y las funciones de depositario de la memoria oral y de poseedor de la palabra de la comunidad, que es apercibida globalmente como una persona, pero sin por ello negar al individuo, no le sitúan por encima de la sociedad y de sus reglas. Por otra parte, los demás miembros de la tribu no son sus súbditos sino sus «hermanos».
La colonización del pueblo kanak no se dio sin reacciones de las poblaciones locales. Así, estallarán violentas revueltas, de las cuales algunas desembocarán en verdaderas insurrecciones.
La insurrección de 1878 duró doce meses (junio de 1878-junio de 1879) con decenas de granjas atacadas y cerca de 200 colonos muertos, y fue encabezada por el gran jefe Ataï que unificó a numerosas tribus contra la presión territorial de los nuevos colonos y sus explotaciones ganaderas extensivas. En cierta manera fue la primera manifestación «nacional» kanak. La «limpieza» de la guerrilla duró seis meses, en los que se verá a la mayoría de los 4.250 deportados de la Comuna de París, llegados en 1872 al mismo tiempo que los deportados kabils después de la gran revuelta de 1871 en Argelia, pedir armas a sus guardianes para matar a los «caníbales». Sólo algunos, en torno a los anarquistas Louise Michel y Charles Malato, serán solidarios de los insurgentes, verdaderos primeros actores blancos de un sostén anticolonialista. Cuenta la tradición oral kanak, que Louise Michel, en vísperas de la insurrección, enrolada benévolamente en un trabajo pedagógico en las tribus, llegó a dar su banda roja de la Comuna a unos emisarios de Ataï. El estado de guerra duró casi 18 meses y la represión fue terrible, con cerca de 2.000 muertos kanak, el asesinato de Ataï (cuya cabeza conservada como trofeo fue expuesta, no hace mucho, antes de los «acontecimientos de 1984», en el Museo de las colonias de París) por parte de kanak adheridos a los colonizadores y la deportación de algunas tribus en las islas más alejadas de la Gran Tierra. Miles de kanak saludarán en 1880, en los muelles de Nouméa, la salida de Louise Michel «La Insumisa». Aún hoy, su memoria está presente entre la población melanesia.
Harto de engaños, de trampas y de constantes moratorias por parte de los gobiernos franceses, ya sean de derecha o de «izquierda», el Frente de Liberación Nacional Kanak y Socialista (FLNKS), que agrupa a todos los componentes del movimiento kanak en lucha por su identidad, su supervivencia cultural y la independencia de Kanaky) decide acabar con el juego político institucional y propone un boicot activo en las elecciones territoriales del 18 de noviembre de 1984. El día de las votaciones, Eloi Machoro, secretario general de la Unión caledoniense, dentro del Frente, rompe a golpes de hacha la urna electoral en el ayuntamiento de Canala. Con esta imagen, que simboliza el rechazo radical del juego político y de sus instituciones, la opinión pública de la metrópoli descubrirá la lucha del pueblo kanak. El boicot activo tuvo un gran éxito en Thio: menos del 25% de los 1.700 inscritos (de los que 541 eran europeos) votaron, o sea sólo 10 kanak (y 6 de ellos participaron en las barricadas). La ciudad minera de Thio, dividida en cuatro pueblos separados, es el único municipio de la costa este administrado aún por un europeo, Roger Gaillot, propietario de tierras, patrón de una pequeña mina de níquel y dirigente del Frente nacional local (extrema derecha), que sólo obtuvo 65 votos. El distrito de Thio representa aproximadamente 100.000 hectáreas y comprende una población kanak de unas 2.000 personas repartidas en nueve tribus en sólo 3.000 hectáreas (85.000 hectáreas pertenecen al Estado francés y 12.000 a los colonos).

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El 20 de noviembre, siete barricadas levantadas en las carreteras y un bloqueo marítimo dejaron aislada la comuna del resto de Nueva Caledonia. En la ciudad, se prohíbe la circulación, los vehículos de la Sociedad Le Nickel (SLN, entonces en situación de monopolio tanto por la explotación como por la transformación del mineral) son requisados y sus depósitos de carburante son ocupados. Los barcos de la sociedad pesquera presidida por Roger Gaillot son tomados. Doscientos militantes FLNKS conducidos por Eloi Machoro invaden la gendarmería (las cuatro familias de gendarmes son secuestradas sin violencia alguna), el puerto es bloqueado y la actividad económica, comprendida la minera, es paralizada, provocando grandes pérdidas para la SLN. Hacia las cinco de la tarde, los kanak manifiestan su júbilo, bandera kanak en alto y a los gritos de «Abajo el capitalismo», «El poder al pueblo». Nouméa-la-Blanche, capital de Nueva Caledonia, todavía verdadera sucursal colonial que contiene con sus comunas limítrofes el 70% de los 200.000 habitantes de Nueva Caledonia, y la Francia hexagonal descubren estas imágenes por la televisión.
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La mayor parte de la población kanak participa en el movimiento: jóvenes, viejos, mujeres e incluso los niños tienen su lugar en las acciones. Las autoridades tradicionales forman parte de la acción, por ejemplo, el presidente del comité local del FLNKS resulta ser el jefe del clan que detenta la propiedad de la tierra y la autoridad tradicional de Thio ha querido levantar su propia barricada. Para los kanak, acostumbrados a la vida colectiva tribal y a los grandes encuentros intertribales, no es ningún problema asegurar la intendencia de varios centenares de personas.
Los militantes FLNKS emprenden una operación que tiene por objetivo desarmar a los europeos que están fuertemente armados debido a su afición a la caza y a su participación en las milicias antiindependentistas. Un «comité de sabios» que cuenta con un europeo independentista entre sus filas será encargado de establecer contactos con la comunidad europea asediada para hacerle tomar conciencia de las consecuencias de un eventual enfrentamiento violento. Son recuperadas decenas de armas, a veces entregadas por los mismos europeos para evitar cualquier cambio imprevisto de la situación. Se organizan patrullas y turnos para proteger las empresas y los almacenes (en los primeros días hubo algunos saqueos, rápidamente controlados, que hicieron las delicias de los críticos de la mercancía).
Eloi Machoro multiplica las reuniones informativas y de discusión con los no kanak. Las poblaciones inmigradas de la Polinesia, originarias de Wallis y de Futuna, que también boicotearon las elecciones a pesar de las amenazas de muerte del equipo municipal de extrema derecha, se juntan con «sus hermanos kanak» en las barricadas a partir del 24 de noviembre. Se organiza la autodefensa de las tribus locales. De hecho ni un solo tiro será disparado contra los europeos y todo el aparato productivo quedará incólume durante toda la ocupación.
El 1 de diciembre, un congreso clandestino del FLNKS designa por consenso, según la costumbre kanak, a su presidente Jean-Marie Tjibaou «presidente del gobierno de Kanaky», y a Eloi Machoro «ministro de Seguridad».
El 2 de diciembre, Eloi Machoro con cerca de 400 hombres decididos, armados con machetes, sables de desguace, mazas y algunas decenas de fusiles, en alerta después de un primer pase de helicópteros, rodean a cuatro helicópteros que acaban de aterrizar transportando unos 90 gendarmes móviles y les obligan, sin ninguna posibilidad de resistir sin riesgo de un baño de sangre por ambas partes, a marchar al paso, arma al portafusil («Para no humillarlos demasiado» confiará Eloi Machoro a Vincent Kermel, coautor con Claude Gabriel de Nouvelle-Calédonie, la révolte kanak, La Brêche, París, 1985), hasta Thio ciudad, donde una vez desarmados se juntan a los demás gendarmes retenidos en su acuartelamiento. Cerca del puente de Thio, un quinto helicóptero suelta sin aterrar a una quincena de hombres de negro, con pasamontañas, del Grupo de intervención de la gendarmería nacional (los «supergendarmes» del GIGN). Rápidamente son bloqueados por una sólida barricada hecha de ganado y alambradas, teniendo en frente dos líneas de fuego independentistas apoyadas por tiradores armados de fusiles con mirilla, apostados en los pilones de uno y otro lado. El enfrentamiento armado durará el tiempo que Eloi Machoro acabe con la neutralización y la puesta a buen resguardo de sus 90 colegas y dé la orden, acompañando la palabra con el gesto, al oficial que dirigía el comando del GIGN, impotente y humillado, de recular. Ante la determinación y la organización de los kanak, el poder colonial se ve con la obligación de negociar la liberación de todos sus hombres detenidos y su lastimoso retorno a Nouméa se dará sin un solo disparo y después de la restitución de todas las armas, municiones y con la movilización general de la población kanak que asume todas las tareas tanto cotidianas como de autodefensa.
Al mismo tiempo el conjunto del territorio se encuentra en situación de «pre insurrección»: ocupación de ayuntamientos, de gendarmerías, barricadas que continuamente se reconstruyen tras ser desmanteladas. En Nouméa, los militantes aseguran la protección de los independentistas que están en mayor peligro, sobre todo los europeos conocidos por su sostén a la lucha, de los independentistas locales y de los barrios kanak. Se organiza el abastecimiento de las tribus más aisladas. Del otro lado, escuadrones de gendarmes móviles continúan afluyendo de la metrópoli, hasta 6.000 hombres, un gendarme por cada 10 kanak (sin contar las fuerzas armadas propiamente dichas). Se prohíbe cualquier manifestación, el ejército se enseñorea de la ciudad, barcos de guerra abastecen el norte de la Gran Tierra.
El 2 de diciembre, un enfrentamiento en una barricada de otra región acabará con la muerte de un ganadero blanco y Edgard Pisani parte hacia Nueva Caledonia como emisario especial del gobierno francés con el mandato de «asegurar el orden, mantener el diálogo y preparar las modalidades según las cuales podrá ejercerse el derecho a la autodeterminación». Desembarca el 4 de diciembre. Antes de cualquier negociación reclama el levantamiento de las barricadas. Por su lado el FLNKS plantea sus condiciones: anulación de las elecciones territoriales, organización de un referéndum de autodeterminación reservado sólo a los kanak y a las «víctimas de la Historia » (no kanak nacidos de padres ya nacidos en Nueva Caledonia, es decir, los «caldoches», descendientes de colonos o deportados), y liberación de los prisioneros políticos. Efecftivamente, 17 prisioneros fueron liberados. Pero mientras el FLNKS retira las barricadas, el 5 de diciembre, los «legalistas» del «clan de los mestizos» montan una emboscada sobre la carretera de Tiendanite cerca de Hienghène, en el noreste de la Gran Tierra contra militantes kanak: 10 son muertos y entre ellos dos hermanos de Jean Marie Tjibaou, originario de esta región. Los autores del fusilamiento serán absueltos por legítima defensa, se beneficiarán de compensaciones financieras y serán festejados como héroes por los colonos en 1988.
Mientras la tensión aumenta por toda Nueva Caledonia y para evitar una escalada de violencia en una relación de fuerzas muy desfavorable a los kanak, incapaces de movilizar a más de un millar de hombres más o menos armados, el 10 de diciembre, Jean-Marie Tjibaou hará retirar las barricadas. Este día, las barricadas que rodeaban Thio son retiradas dando por acabada la Comuna de Thio, que quedará como la acción más significativa de todos los «acontecimientos de 1984», tanto por su duración –tres semanas de autogestión de un territorio significativo liberado, que creó una verdadera revolución de la población kanak local –con la participación en las acciones de las mujeres en torno a Marie-Françoise Machoro, hermana de Eloi, de los ancianos y de los jóvenes– y por el nivel de organización de su autodefensa en torno al que aparecerá en esta ocasión como un verdadero estratega capaz de saber manejarse entre verdes y maduras, al límite de un eventual cambio brusco.
Finalmente, la ocupación de Thio se hizo sin violencia y Eloi Machoro y los militantes FLNKS de la región mostraron su capacidad para controlar la situación con una excepcional sangre fría, al tiempo que desplazaban la lucha de Nouméa, centro de las instituciones coloniales, hacia el interior (y en las islas) donde vive la mayoría de la población kanak. En pocas semanas, las acciones directas llevadas a cabo por los kanak obligan al gobierno francés a enterrar su proyecto de autonomía interno, verdadera trampa neocolonial, y consiguen lo que en años de reforma territorial no se había obtenido. Cerca de un millar de colonos aislados se refugian en Nouméa o en los centros europeos de la costa Oeste. Largas colas se forman ante el consulado de Australia para pedir los visados. Pero algunas semanas después, el 12 de enero de 1985, Eloi Chamoro y uno de sus lugartenientes son abatidos por miembros del GIGN, que encuentran así la ocasión de lavar la afrenta sufrida en Thio. Los próximos años conocerán el lote de horrores y desgracias: 19 kanak muertos (de los cuales 4 ejecutados después de su rendición) durante un asalto de las fuerzas especiales del ejército francés como respuesta a una toma de gendarmes como rehenes el 5 de mayo de 1988; un acuerdo de capitulación impuesto contra la amenaza de una «verdadera guerra» a Jean-Marie Tjibaou y Yeiwéné Yeiwéné, número dos del Frente, por un gobierno de «izquierda» y un Primer ministro antiguo militante antinacionalista (durante la época de la guerra de Argelia) en junio de 1988; el asesinato, un año después, de Jean-Marie Tjibaou y de Yeiwéné Yeiwéné por uno de los suyos, opuesto a tal acuerdo. Según la tadición kanak la muerte de los signatarios del acuerdo lo sella sin posibilidad de romperlo, lo que dejará al pueblo kanak en la picota, hasta el referendum de autodeterminación previsto para el 2018, lo más tardar.
Desde hace algo más de dos siglos, los kanak están confrontados al mundo occidental y, la mayoría de veces, a algunos de los peores aspectos de este mundo: racismo, xenofobia, colonialismo, autoproclamada superioridad de los blancos y de la civilización occidental, violencia de Estado…, aunque es verdad que también han descubierto, a menudo defendiéndolo con su cuerpo, por ejemplo durante las dos Guerras Mundiales, otros valores más brillantes de nuestras sociedades. Dos siglos de sufrimiento, de intentos de aculturación, de masacres, de asesinatos de todo tipo, y a veces también endógenos, supremo estado del horror para felicidad de colonizadores y partidarios del mantenimiento del statu quo instaurado en 1853.
Sin estos que impiden la máxima explotación de las riquezas minerales locales, el archipiélago sería un nuevo Eldorado para mayor provecho del capitalismo mundial. El pueblo kanak no sólo no se ha unido a la larga lista de los pequeños pueblos originarios desaparecidos en todas las latitudes, sino que, desde los años 1920, ha crecido en número y en valor, y su civilización, sin ser intacta, aún vive.
A pesar del tornillo en el que se encuentra aprisionado entre el hecho colonial, la razón de Estado (que ningún kanak hubiera imaginado tan fría e inhumana) y el «talón de hierro» de las grandes multinacionales del níquel en sus horas de globalización, el sólo hecho de que este pequeño pueblo, que tuvo la desgracia de varar hace más de 4.000 años sobre un «Pedrusco» (sobrenombre de la Gran Tierra) que vale tanto oro, todavía esté aquí, es ya en sí mismo una victoria.
Para saber más:
Alban Bensa. Nouvelle-Calédonie, un paradis dans la tourmente. París: Découvertes Gallimard, 1990.
Jean-Marie Tjibeau. La présence kanak. París: Odile Jacob, 1996.
Françoise D’Eaubonne. Louise Michel la Canaque. París: Encre, 1985.

Dzerzhinski y Rossol/Yuri Guerman

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En la cárcel de Sedléts compartía la celda con Antón Róssol. La tuberculosis cumplía su cometido con una rapidez despiadada. Róssol se moría. Apenas si podía levantarse del camastro de tablas que hacía en la celda las veces de cama, y por las noches tenía vómitos de sangre que le arrebataban sus últimas energías. Antón había perdido por completo el apetito. Durante horas y más horas yacía inmóvil, puestos los ojos en la sucia pared, pensando siempre en lo mismo. Era duro morir a los veinte años.

Era insoportablemente terrible morir en la cárcel, lejos de los familiares y de los amigos íntimos, tras una reja, oyendo el metálico chocar de los grilletes, los roncos insultos de los carceleros y los gritos de los camaradas a quienes sacaban de sus celdas para ejecutarlos.

Sí, era terrible morir en la cárcel en primavera, cuando tras el enrejado ventano de la celda florecían los castaños, el cielo era cada día más azul, más diáfano, y el aire de la calle, tan fresco y puro. La crueldad humana no puede compararse con nada. Claro que a Róssol hubieran podido ponerle en libertad bajo fianza, y quizás en el campo, rodeado de verde hierba, tomando leche recién ordeñada, se podría salvar, escaparía de las garras de la muerte. Y si no se salvaba, por lo menos abrigaría la esperanza de seguir viviendo. Pero no lo ponían en libertad basándose en que no tenía salvación y que en la calle no podría hacer más que morirse. Y eso podía hacerlo en la cárcel muy bien y con provecho para el Estado, ya que, antes de expirar, quizás se asustara y dijera lo que no había querido decir hasta entonces; quizás diera algunos nombres, permitiera hacer carrera al capitán de gendarmes encargado de su asunto y le ayudara a poner a la sombra a una buena tanda de gente de la que odiaba a la autocracia.

Por eso lo tenían en la cárcel. Las piernas se negaban a sostenerle, no podía andar, pero no lo soltaban. En la puerta de la celda había un gran candado, y durante el día se abría infinidad de veces la mirilla: el carcelero vigilaba si el tuberculoso Róssol no estaba abriendo una galería o limando los barrotes del ventano. A veces perdía por completo las fuerzas, pero el capitán de gendarmes le interrogaba siempre en presencia de un número por la sencilla razón de que aquel hombre no tenía nada que perder, era, por lo tanto, capaz de cualquier cosa y había que tomar con él determinadas precauciones. Por las noches le daban penosos vómitos de sangre, y Oberiujtin, el médico celular, que escribía en las revistas articulillos acerca de los casos de simulación, había dejado de interesarse por el enfermo y de visitarle, pues había podido cerciorarse de que Róssol no simulaba nada. Róssol no quería ir al hospital. Había estado ya allí casi dos semanas y había solicitado él mismo que lo volvieran a llevar a la celda. El hospital era más terrible todavía. Se estaba allí tan monstruosamente mal, que Antón se limitó a hacer un ademán muy elocuente cuando Dzerzhinski le preguntó por qué había vuelto. Sí, dio un manotazo en el aire, se tendió en su camastro, cerró los ojos y dijo: – Aquí se está como en el paraíso. ¡Cómo sería el hospital aquel si Antón consideraba la celda un paraíso! Una tarde, Róssol dijo de pronto: – Quizás todo esto me venga de la paliza. – ¿De qué paliza? -preguntó Dzerzhinski, sin comprenderle. – ¿No te lo he contado nunca? – No…- Un día -comenzó pausadamente Róssol-, antes de que te encerraran a ti, vino a verme el director de la cárcel. Entró, tomó asiento y se puso a hablar conmigo. Me preguntó qué tal me sentía y luego empezó a perorar. Yo le escuchaba en silencio. El hombre razonaba en torno a la autocracia, afirmaba que el zar era bueno, que la revolución era mala…

Ya sabes lo que suelen decir ésos… ¡Vete al cuerno!”, pensaba yo, sin ganas de discutir con él. En fin, terminó preguntándome qué haríamos con él si la revolución triunfaba. Creía que estaba bromeando, que no hablaba en serio, pero le miré y vi que me equivocaba, que hablaba con toda seriedad. Sus ojos reflejaban un profundo interés. Yo eché la cosa a broma…Perdone -le dije-, pero ¿qué podemos hacerle nosotros? Su grado es muy alto, ocupa usted un puesto de importancia… “Déjese de bromas -me dijo- , se lo pregunto en serio. ¿Quién sabe lo que puede ocurrir? Me interesa mucho conocer mi futuro, soy padre de familia, tengo hijos, y debo estar al corriente de las perspectivas”. Así lo dijo: “estar al corriente de las perspectivas”. – ¿Y qué? -preguntó Dzerzhinski. – Lo eché otra vez a broma, pero, cuanto más bromeaba, mayores eran los deseos que sentía de decirle lo que pensaba. ¿Me comprendes? – ¡No faltaría más! -se sonrió Dzerzhinski. – Bien, sigo. Le dije que preguntara a otros, pues yo moriría antes de eso, pero me daba cuenta de que iba a decírselo sin falta, que iba a darme ese gusto, aunque me costara muy caro, aunque tuviera que pagar mucho por esa pequeña alegría. Y me lo di. – ¿Cómo fue eso? – Muy sencillamente. Se lo dije con mucha cortesía, con suavidad y delicadeza, casi como a un amigo. “Mire su señoría, le fusilaremos sin falta, cueste lo que cueste. No se moleste usted porque le diga la verdad, usted mismo me lo ha preguntado, no he sido yo quien ha comenzado esta cordial conversación”. Pero, imagínate, el tipo volvió a la carga… ¿Es esa -me preguntó- su opinión personal o la de usted y de todos sus camaradas?” – ¿Y para terminar ordenó que te dieran una paliza? – No fue en seguida, continuamos hablando de temas científicos relacionados con las prisiones. Estuvimos largo rato conversando y fue al despedirse cuando me dijo que me prescribía cien azotes para que no me envaneciera y no pensara que la revolución estaba muy cerca y ajustaríamos las cuentas a algunos. Añadió que había un magnífico proverbio ruso que debía siempre tenerse bien presente: “No escupas en el pozo cuya agua quizás hayas de beber”. Le respondí que yo conocía un refrán que en nada le cedía: “Escupe en el pozo, que no has de beber su agua”. Dzerzhinski se echó a reír.- ¿Te zurraron? – Pues claro…- ¿Fueron cien los azotes?- No sé, no lo recuerdo. Al principio los contaba, pero luego me desmayé. Guardaron silencio unos minutos. Luego, Róssol dijo: – Quizás la paliza haya sido la causa de todo. Puede que fuera ella, y no la enfermedad, lo que me ha puesto tan débil. Puede que me hayan estropeado algo dentro y que esto no sea tuberculosis. ¿Qué crees? Róssol confiaba en que, si lo ponían en libertad, si respiraba aire fresco y puro, bebía leche, permanecía en el campo, rodeado de verdor, lo cuidaban bien y tomaba el sol, se repondría y viviría mucho, hasta los cien años. Con toda la fuerza y pasión de que era capaz, Dzerzhinski sustentaba este sueño de Róssol en su restablecimiento, lo sustentaba con tanto fuego y tan en serio, que a veces él mismo creía que ambos vivirían muchos años y trabajarían largo tiempo hasta la revolución y después de ella, que lo cambiaría todo y haría el mundo mejor, más libre, más justo. Hablaba largo y tendido a Róssol de la ciencia, le decía que la medicina avanzaba con botas de siete leguas y que al descubrimiento de Pasteur podían seguir otros tan importantes o más. Cualquier día, decía, aparecería un sabio que libraría al mundo de la tuberculosis, haciendo de ella un fantasma tan lejano como eran ya las viruelas. Róssol se levantaría, sanaría, trabajaría, sería recluido en cárceles, se fugaría de ellas, se pelearía con los carceleros, en fin, viviría la vida que él mismo había elegido. Róssol le escuchaba con desconfianza, pero muy atento, como si permitiera que le persuadiesen de lo que no creía, pero tanto quería creer. Por lo común, aquellas conversaciones mejoraban el humor de Róssol.

Se sentía más tranquilo, más seguro, sus pálidos labios sonreían, y en sus ojos aparecía la expresión atrevida, obstinada e infantil que tanto agradaba a Dzerzhinski. Dzerzhinski entregaba todas sus energías y pensamientos a Róssol. No dormía de noche, al darse cuenta, en medio de la oscuridad de la celda, de que Antón no podía conciliar el sueño. Fingía padecer insomnio, procuraba distraer al enfermo, conversando con él, le contaba jocosos lances y se reía él mismo, aunque no sentía deseo alguno de reírse ni de hablar, aunque se caía de sueño, pues estaba cansado de las penosas jornadas carcelarias, del enfermo, a veces irascible e injusto, de los esfuerzos que tenía que hacer para conseguir en la cárcel, con su monstruoso régimen, un pedazo de hielo cuando a Antón le daban los vómitos, un poco de agua salada o caliente, algún medicamento o un trapo limpio. Pero ¿qué se podía hacer?… ¿Dejar a aquel hombre enfermo, que se moría, a solas con su pena, sus temores, sus sufrimientos? Dzerzhinski se sentaba a los pies del camastro de Antón, en la oscura y fétida celda, y decía animado y alegre: – ¿No duermes? ¡Me alegro! Yo tampoco puedo. Llevo echado no sé cuánto tiempo y no logro pegar ojo… El sueño no acude…- ¿Por qué no puedes dormir? -le preguntaba suspicaz Antón. – No lo sé -respondía Dzerzhinski-. Ya sabes lo que es el sueño de la cárcel. – Yo, cuando estaba sano, dormía perfectamente hasta en la cárcel. La voz de Róssol denotaba su irritación, y Dzerzhinski percibía en su tono que buscaba algo en que pudiera desfogarse. – Dormía perfectamente en cualquier sitio – continuaba Róssol, exasperándose más y más-, pero ahora que estoy enfermo, no puedo… Sin embargo, no le pido a nadie… -su voz adquiría un acento metálico-, no le pido a nadie que deje de dormir por mí. Todo lo contrario, pido a quien sea que duerma y no se estropee la noche y esté todo el día siguiente de mal humor. Lo único que pido es que me dejen en paz. ¡Sí, que me dejen en paz, y nada más!

La voz de Róssol se quebraba, vibrante, en una nota muy alta, y sus palabras, húmedas de lágrimas, denotaban dolor porque no había logrado cerrar los ojos ni un solo instante, mientras que Dzerzhinski había dormido y no había oído que él quería beber y la jarra se le había escapado de las manos, no había podido levantarla y seguía sin haber podido aplacar su sed…- ¿Por qué no me llamaste? -Porque sé que estás harto, que te tengo martirizado… Pero no puedo más, no puedo, no me quedan fuerzas para…- No digas tonterías, Antón… – No son tonterías. Efectivamente, me pongo insoportable con mis caprichos y mis rarezas, pero si supieras lo que sufro, las ansias que tengo de vivir, lo cansado que estoy de tanto pensar en la muerte, en que pronto, muy pronto, dejaré de existir y no quedará de mí más que polvo, cuando aún no he podido hacer nada, absolutamente nada… Acometido por la debilidad, lleno de angustia, Róssol lloraba larga y penosamente, hundida la cara en la dura almohada de paja, las lágrimas lo ahogaban, buscaba a tientas en la oscuridad la mano de Dzerzhinski, la apretaba y decía con un hilo de voz: – Dime, ¿qué debo hacer? ¿En qué puedo confiar? ¡Ayúdame! Y no me desprecies, no creas que soy un cobarde, una nulidad… Estoy enfermo, todo ocurre por la enfermedad, yo no tengo culpa, no tengo ni pizca de culpa. Di, ¿tú comprendes que no tengo la culpa yo? – Claro que lo comprendo -respondía Dzerzhinski sinceramente, muy convencido-. Naturalmente. Eso pasará, todo pasará en cuanto te repongas… Y lo mismo que la víspera, lo mismo que dos días antes, le decía lo que harían cuando Antón se pusiera bien. Saldrían juntos de la cárcel, irían a bañarse al río, luego pasearían por el bosque y cenarían allí mismo, en una vieja hostería que había en un cruce de caminos…

Dzerzhinski hablaba y veía brillar en la oscuridad los ojos de Róssol, en ellos se encendía el ansia de vivir, un apasionado deseo de ir al bosque, al río, a la hostería, a la ciudad, en la que vivía mucha gente, tocaba la música y no había rejas tras las que hasta los amaneceres primaverales parecían tristes y sombríos; irían adonde no hubiera grilletes, ni celadores, ni largas y fatigosas noches de reclusión… – Iríamos a un café -decía Róssol-. Te has olvidado del café. Elegiríamos uno bien elegante, ¡qué diablos!, uno de esos en los que toca alguna orquesta. Nos sentaríamos a la mesa como dos señorones y pediríamos todo lo que se pudiera pedir. ¡Ni siquiera puedo imaginarme lo que pediríamos! Dzerzhinski escuchaba a Antón y decía chistes para hacer que en aquellos labios resecos apareciera una sonrisa, por débil que fuese. Sí, hablaba de esto y lo de más allá y pensaba en algo completamente distinto. Pensaba en que Róssol, enfermo, débil, moribundo, era más fuerte que miles de hombres rebosantes de salud. ¡Qué fuerza de voluntad tan gigantesca, tan sobrehumana había que poseer para amar la libertad y la vida como las amaba Antón y verse en la situación en que se veía, sabiendo que le bastaría con decir lo más mínimo al capitán de gendarmes, que bastaría con que diera un hilo al que el otro pudiera agarrarse, y enseguida, aquel mismo día, lo pondrían en libertad y podría ir al bosque, al río, a la hostería, adonde quisiera!… Pero lo tenían recluido y no lo juzgaban porque abrigaban la esperanza de que se acobardara y les dijera todo lo que sabía, con tal de que lo pusieran en libertad, con tal de salir a la calle. Juzgarlo no les parecía conveniente, pues tendrían que llevarlo a la vista de la causa en camilla, como lo llevaban a los interrogatorios. Deportarlo a Siberia después del juicio tampoco convenía. Pero lo principal era que el tribunal podía absolverle. Sí, lo mantenían recluso creyendo que hablaría por fin. Pero Antón no hablaba. No decía una palabra, se sonreía con sonrisa obstinada y rebelde y respondía a todas las intimidaciones: – ¡Me importa un comino! ¡Un comino! Al decir esto, los ojos le relumbraban como a un lobezno. Una calurosa mañana, cuando dejó oír su voz el primer trueno de la primavera, Róssol dijo con tristeza: – Mañana podréis pasear metiéndoos en los charcos. ¡Con qué gusto me metería yo en los charcos! Lo dijo medio en serio y medio en broma, pero luego estuvo callado toda la tarde, oía el ruido de la lluvia, miraba los herrumbrosos barrotes del ventano y tosía. Cuando Dzerzhinski regresó al mediodía del paseo, Róssol le preguntó: – ¿Os habéis metido en los charcos? – Sí -respondió Dzerzhinski, sintiéndose como culpable de algo. – ¿Son grandes? – No mucho, regulares… – ¿Son hondos? -siguió inquiriendo Róssol. – Charcos corrientes -respondió Dzerzhinski y, para cambiar de conversación, le contó que el nuevo celador se había molestado porque los reclusos habían creído que pensaba acortarles el paseo. Pero Róssol no le escuchaba. – ¡Debo salir a la calle! -dijo con voz que no parecía la suya-, ¿comprendes, Jacek? A costa de lo que sea, pero debo salir. No puedo más. ¡Debo salir! Dzerzhinski lo miraba sin despegar los labios. – ¡Que me pongan en libertad! -dijo Róssol-. ¡Que me suelten! ¿Me oyes? Su voz denotaba una desesperación tan grande, que Dzerzhinski sintió un nudo en la garganta. – ¡Quiero salir a la calle! -dijo precipitadamente, casi a gritos, Róssol, incorporándose sobre un codo, mirando a la cara de Dzerzhinski con ojos casi enloquecidos-. Quiero salir a la calle a cualquier precio. La paciencia tiene su límite. ¡Como quieras, Jacek, pero ya no puedo más! ¡Sácame de la cárcel!

¡Al diablo!… Hubo que darle agua, pues se ahogaba. Parecía desconcertado, desquiciado. Sin saber él mismo lo que decía, debido a la compasión y la lástima, Dzerzhinski le prometió de pronto, sin poder evitarlo, que al día siguiente procuraría hacer de forma que saliera al patio a pasear. – ¿Yo? ¿A pasear? – Róssol no creía lo que había oído. – Tú, sí, tú -dijo Dzerzhinski. Comprendía perfectamente que Antón no podía salir al patio, pero, ¿qué se le iba a hacer?, lo había dicho sin pararse a pensar, y Róssol lo había tomado en serio, se había aferrado a la palabra “pasear”. Quería creer que saldrían al patio, que vería el cielo, el sol, los castaños, la hierba, los charcos… – Mañana los charcos se habrán secado ya –le advirtió Dzerzhinski. Pero Antón no le escuchaba. Hablaba sin preguntar nada. Le daba miedo preguntar. Temía que, si preguntaba algo, se pondría en claro sin falta que no habría paseo alguno, que aquello era una ilusión, que lo había soñado. Dzerzhinski exclamaría: “¿Pero qué dices?, ¿de qué paseo me hablas?”, y todo terminaría. Por eso Antón no preguntaba nada. Se limitaba a hablar del paseo, de que al día siguiente saldría al patio. Claro que pasear no podría, pero lo importante no era la palabra; descansaría al aire libre, tomaría el sol en el patio y, para celebrar el acontecimiento, se fumaría un cigarrillo; como solía decirse, de perdidos al río. Que los demás dieran vueltas y más vueltas como tontos; él se sentaría y contemplaría el cielo. Pero, no, no fumaría. Era una tontería fumar al aire libre. ¡No tenía sentido! Mejor sería que mordisqueara una brizna de hierba. ¡Dios santo, cuánto tiempo hacía que no había mordisqueado una brizna de hierba, cuando había afortunados que podían hacerlo todos los días!… Se sentaría en el suelo, sí, en el suelo, y los demás que dieran vueltas y más vueltas. ¡A él lo tenía aquello sin cuidado! Si pasaba un rato al aire libre, le entraría apetito. Y en cuanto comenzara a comer, la enfermedad desaparecería ella sola. Lo principal era el apetito, sí, el apetito, ¿cierto? La tuberculosis había que matarla con grasas, leche, crema… La tuberculosis temía los alimentos como el diablo el agua bendita. Y después del paseo… Cuando se acercaba ya la hora del paseo, Róssol que volvió hacia la pared y se tapó la cabeza con la manta. A la excitación que experimentara la tarde anterior habían sucedido la apatía, una postración muy grande y una indiferencia absoluta. Comprendía, por lo visto, que era necio que pensase en pasear y en ver los castaños; todo aquello eran ilusiones. En el transcurso de la mañana, Dzerzhinski lo había llamado varias veces, pero él no contestaba y  se fingía dormido, aunque no dormía ni pensaba hacerlo. Poco antes de la hora del paseo, Dzerzhinski se acercó a él, tiró de la manta y, cuando Antón abrió los ojos, enfurecido, le dijo: – Vístete, no sea que hagamos tarde. – ¿Para qué voy a vestirme? – Vamos a pasear… Por un segundo, a lo sumo, Antón miró a la cara a Dzerzhinski, esforzándose por comprender si bromeaba. Vio que su compañero hablaba en serio. Claro, ¿acaso se podía gastar bromas tan pesadas? – No podré tenerme de pie -dijo-, me caeré. Y añadió, con acento culpable: – Estoy muy débil, Jacek. Las piernas no me aguantarán. – No tienes por qué andar -dijo Dzerzhinski-, ¿qué necesidad tienes de ello, cuando pienso llevarte a cuestas? Yo seré tus piernas, ¿estamos? – Sí -respondió Antón sumisamente, con el mismo acento contrito-, pero te vas a cansar mucho. – Vístete y no hables tanto -le ordenó Dzerzhinski- . Ya veremos si me canso o no. Antón se sentó en el camastro y se inclinó para alcanzar las botas, pero se desplomó en seguida sobre la almohada de paja: su debilidad era tan grande, que la cabeza le daba vueltas. Dzerzhinski levantó las botas, se sentó al lado de Antón y le pasó el brazo por los hombros, para que se sintiera más tranquilo, más seguro. – No es nada -balbuceaba Antón, tratando de calzarse las botas-, no es nada, ahora me pasará, ahora mismo. Me he levantado muy bruscamente.

Pero ya me siento mejor, ya va pasando…La emoción y la debilidad le perlaron la frente de sudor. No podía asir la oreja de la bota, no podía meter la pierna en la caña, no tenía ya fuerzas para nada. – No te apures tanto -le dijo Dzerzhinski con la voz más alegre y blanda que pudo modular-, no estás tan débil, es cosa de los nervios. Por eso no aciertas. Tranquilízate, no te apresures. Agarra las dos orejas de la bota y tira. ¿Ya? ¿Ves qué sencillo? Ahora ponte la otra bota. ¿Ya está! ¿Ves qué bien? Ponte ahora la blusa. ¿Dónde tienes la blusa? Dzerzhinski vestía a Antón aparentando que éste se vestía solo y él no participaba en nada y se limitaba a tranquilizarle, acercarle la ropa y entretenerle con su conversación. – ¿Ves qué bien? -decía-. Ya está listo. Ahora levántate, pero sin prisas, apóyate en mí y levántate. Así, bien, magnífico… – Las piernas no me tienen -manifestó con voz desmayada Antón-. No puedo tenerme derecho, Jacek… La puerta se abrió chirriante, y en la celda entró Zajarkin, el jefe de los celadores. – ¡Prepararse para salir al patio! ¡Vivo! Al ver a Antón preguntó: – ¿A dónde va ése?, ¿a pasear?- A pasear -le respondió Dzerzhinski. – ¿Resulta que no puede ir de su pie a los interrogatorios y ahora quiere pasear? -dijo Zajarkin y salió de la celda sin cerrar la puerta. Antón no podía tenerse de pie: le daba vueltas la cabeza y se le doblaban las rodillas. El plan de Dzerzhinski -sacarlo a pasear sosteniéndole por la cintura- resultaba irrealizable. Había que encontrar sin la menor dilación otra salida, pues Zajarkin hacía ya formar a los reclusos en el pasillo y toda demora encerraba el peligro de hacer tarde al paseo. A Antón le temblaban ya los labios: era la segunda vez en un mismo día que se veía forzado a despedirse de su ilusión de salir al patio. – Tranquilidad, Antón -le dijo Dzerzhinski-, todo se arreglará ahora mismo. Siéntate en el camastro. – ¿Para qué? – ¡Siéntate, te digo! Su voz sonó rigurosa, casi conminatoria. Era imposible desobedecerla. – Ahora agárrate a mis hombros. No, no te agarres al cuello, sino a los hombros. Trae aquí las piernas. ¿Te sujetas bien? – Sí… – Agárrate, me levanto… – Estoy bien agarrado. Dzerzhinski se enderezó, con Antón a cuestas. – Te vas a herniar, Jacek -protestó Antón-, lo que se te ha ocurrido es una locura. – No te muevas -le aconsejó Dzerzhinski. Dzerzhinski salió al pasillo llevando a cuestas a Antón, que estaba lívido, pero se sentía feliz. Los reclusos, formados ya en dos filas grises, no vieron en el primer instante, en la penumbra del pasillo, la carga que su compañero llevaba. Pero, cuando se dieron cuenta, ambas filas se estremecieron, oscilaron, se movieron, y de nuevo quedaron inmóviles: Zajarkin corría hacia los reclusos, gritando: – ¡Fir-mes! ¡Alineación… derecha! Seguían al celador jefe el director y el subdirector de la cárcel. Aquello no auguraba nada bueno: ambos funcionarios se dejaban ver muy rara vez a tal hora del día. Dzerzhinski se hallaba en el flanco izquierdo. Los funcionarios habían aparecido por el derecho y se detuvieron en él, pasando revista a los reclusos. – No tema, camarada -dijo a Dzerzhinski el recluso que estaba a su lado, un médico muy fornido, de lacio bigote-, no le dirán nada. No se atreverán. – Atreverse sí que se atreverán -Dzerzhinski se sonrió-, pero no me da miedo. Vamos a ver. Antón era alto y huesudo, por lo que llevarle a cuestas resultaba muy fatigoso, a pesar de su delgadez. Dzerzhinski mismo estaba muy débil después de tantos meses de cárcel y, con aquella carga, apenas podía tenerse de pie. El sudor bañaba su rostro, y el corazón le latía desacompasadamente. Pero los funcionarios se movían con tanta lentitud, que se le antojaba que habría de permanecer toda una eternidad en aquel pasillo húmedo y penumbroso, con su compañero a cuestas. ¡Si, a lo menos, Antón no estuviera tan nervioso! El director de la cárcel examinaba a cada recluso y lo cacheaba personalmente: durante los paseos, los reclusos solían pasarse cartas, esquelas y hasta libros, y el director había declarado la guerra a aquello. Por el momento no había encontrado nada, y eso lo enfurecía. Si el cacheo resultaba infructuoso, quedaría en ridículo.

Cuantos menos reclusos quedaban por cachear, tanto más se exasperaba el director de la cárcel. Dzerzhinski veía ya su pálido rostro rasurado, prominente napia, cejas angulosas y pronunciada barbilla y las puntas del almidonado cuello de su camisa, que asomaban del uniforme. – ¿Por qué, me permito preguntarle -vociferaba-, le faltan botones? ¿Es que no conoce usted las reglas? ¡Pues yo se las enseñaré! ¡Zajarkin, métale tres días en una mazmorra! Embalado ya, encontraba algo que le parecía mal en la ropa o en la conducta de cada recluso: uno no se había cuadrado debidamente, otro se sonreía con descaro, otro tenía las manos en los bolsillos, otro se había atrevido a pedir las gafas que le habían quitado en el interrogatorio…- ¿Qué quiere decir eso de que las han quitado? – El juez instructor me quitó las gafas para hacerme confesar -dijo el recluso que hacía cuatro a partir de Dzerzhinski, un hombre de rostro fino e inteligente-, y sin gafas no veo nada. Le ruego que me devuelvan las gafas…Pero el director de la cárcel ya no le escuchaba. Había visto a Dzerzhinski y se dirigía hacia él, acompañado del subdirector, un joven de cara granujienta. – ¿Qué significa esto? -preguntó el director, entornando los ojos-. ¿Es una broma o qué? ¡Cuádrense en seguida los dos -vociferó-, en seguida! – Ya sabe usted que mi camarada está enfermo – replicó Dzerzhinski- y no puede tenerse de pie. – ¡Cállese! -bramó el director-. ¡Cuádrense ustedes! – Pero si él no puede… -objetó Dzerzhinski. – ¡Silencio! -mugió el director, todo congestionado, perdidos los estribos-. ¡A la celda! ¡Lo prohíbo! ¡Zajarkin! Por haber sacado sin autorización… por haber sacado sin autorización de la celda… Se le trabó la lengua y se olvidó de lo que quería decir. En aquel instante se oyó de pronto en el pasillo la sonora voz de Antón: – ¡Verdugo! ¡Te fusilaremos de todos modos! ¡Verdugo! No se sabe lo que hubiera ocurrido si a Antón no le hubiese dado en aquel instante un golpe de tos, tan fuerte que se soltó de los hombros de Dzerzhinski y, lívido, inconsciente, cayó cabeza abajo sobre las desgastadas losas del pasillo. Pero el médico que se hallaba al lado de Dzerzhinski evitó rápido que se golpeara la cabeza contra el piso y lo tomó en sus brazos. Zajarkin agarró al médico de un brazo y lo apartó de Antón. El médico se desasió violentamente. Antón seguía tosiendo. De su boca fluía un hilo de sangre. – ¡Atrás! ¡A formar! -gritó con voz estentórea el director de la cárcel y desabrochó la funda de la pistola-. ¡Al sitio! El médico se hallaba ya de rodillas al lado de Antón. Zajarkin volvió a tirar de él, asiéndole por un hombro. – ¡Apártese! -le gritó Dzerzhinski-. ¡Largo de aquí! – ¿Qué es eso? -preguntó desconcertado Zajarkin, y empuñó su revólver. – ¡Todos a formar! ¡Atrás! -seguía vociferando el director-. ¡Atrás o disparo! La formación había dejado de existir. La formación se había roto súbitamente. Los reclusos rodeaban, en tres grupos, al director, al granujiento subdirector y a Zajarkin. Alguien gritó con frenética voz, aguda: – ¡Camaradas, muerte a los verdugos! Una palidez cenicienta cubrió el semblante de Zajarkin. – ¡Guarda el revólver, canalla! -le dijo Dzerzhinski-. ¡Escóndelo, si no quieres que te maten! A la izquierda, aquella voz rabiosa y fina, seguía chillando como ebria: – ¡Muerte a los verdugos, camaradas! ¡Muerte a los verdugos!… No se mató a nadie. El director, el subdirector y Zajarkin se retiraron precipitadamente. Les dejaron salir y se marcharon. Obedeciendo a Dzerzhinski, los reclusos volvieron a sus celdas. A Antón lo llevaron a su camastro, y el médico se sentó al lado. La cárcel enmudeció. Estuvieron hasta la noche esperando represalias, pero no las hubo. Apareció Zajarkin, suave como un guante, y se mostró tan cortés que hasta preguntó, por la mirilla, qué tal se sentía Antón. – Ahora, mejor -le respondió, también muy cortésmente, Dzerzhinski-. Muchas gracias por su interés. Pero Zajarkin no se apartó de la mirilla, que dejaba ver tan sólo su boca, rodeada de pelo. La boca  aquella dijo:- Hay enfermedades terribles… Dzerzhinski no supo qué contestarle.

Al anochecer, Antón se sentía ya mejor. Su flaco rostro parecía más chupado y se había puesto más gris aún que antes; tenía los ojos muy hundidos y los labios resecos y agrietados. – Hemos dado un buen paseo, ¿verdad, Jacek? – preguntó, procurando esbozar una sonrisa. – Mañana pasearemos -respondió impasible Dzerzhinski. – ¿Tú crees? – Estoy seguro. Estaba de pie ante Róssol, esbelto, alto, y emanaba una fuerza tan serena, que el enfermo quedó convencido de que al día siguiente pasearían, de que nada podría hacerle cambiar de decisión y saldrían al patio costara lo que costase. Aquella noche, Róssol durmió tranquilamente por primera vez en muchos meses. A la mañana siguiente, Dzerzhinski, como si nada hubiera ocurrido, le ayudó a vestirse y, cuando Zajarkin abrió la puerta de la celda y llamó al paseo, cargó con él y se unió a la formación. El director de la cárcel no estaba; desde el día anterior no se había dejado ver. Zajarkin aparentaba que no le importaba nada Dzerzhinski, ni su carga, ni nada que no fuera el paseo. No miraba a los reclusos a la cara y, los ojos puestos en el suelo, gritaba: – ¡Hay que llevar el paso! ¡No arrastrar las cadenas! ¡Silencio en las filas! ¡Vuelta a la derecha! ¡Despacio en las escaleras! Acompañados del ruido de sus pisadas y del metálico sonido de los grilletes, los reclusos iban por pasillos, escaleras y otra vez pasillos hacia el patio de la cárcel. – ¿Pesa mucho? -preguntó quedamente el médico a Dzerzhinski. – No importa, ya me iré acostumbrando – respondió Dzerzhinski. Bajaron el último tramo de las escaleras, cruzaron el último pasillo y salieron al patio adoquinado. Lucía el sol, y el día era tibio, casi caluroso. Florecían aún los castaños, y blancas candelas piramidales embellecían sus ramas. Zajarkin, caminando hacia atrás, iba delante de la primera pareja y gritaba, moviendo las manos como un director de orquesta: – ¡Guardar la distancia! ¡Tres pasos de intervalo! ¡Orden, orden, hijitos, si no queréis que os zurre! ¡Silencio! Se estaba allí tan bien, que aquellas necias voces de Zajarkin no estorbaban. Calentaba el sol. En medio del patio zureaban unas palomas. Soplaba el viento, un auténtico viento de primavera. Dzerzhinski sudaba a mares, pero no se daba cuenta. Al tiempo que el sonido de los grilletes y el ruido que producían al pisar cientos de botas, oía el jadeante susurro de Antón, sus entrecortadas palabras, rebosantes de gozo: – ¡Jacek, mira los castaños! ¿Ves los castaños? ¡Hierba! ¡Mira, crece entre los adoquines! ¡Mira a la izquierda, mira qué hierba tan verde! ¿Estás cansado, Jacek? ¿Te fatigas? ¡Mira qué paloma tan gorda! ¿Cómo puede volar con tanto peso? Róssol parecía haberse quitado unos años de encima. Y todos en torno parecían rejuvenecidos y como atontados. Por todas partes se oían exclamaciones entusiasmadas: – ¡Sí, la vida es la vida! – ¡La naturaleza! ¡Con eso está todo dicho! – ¡Madre mía, cómo calienta el sol! – ¡No calienta ni para ti ni para mí! – ¡Qué tiempo tan hermoso! Dzerzhinski se ahogaba, y un velo le nublaba los ojos. No oía nada que no fueran los tumultuosos latidos de su corazón y las palabras que Antón le susurraba al oído. “Hay que aguantar -pensaba-, no debo caer, con Antón, en medio del patio”. Y no cayó. Terminaron los quince minutos. Zajarkin hizo sonar su silbato y dio la orden de volver a las celdas. Dzerzhinski tenía que subir a Antón al cuarto piso y llevarlo aún por los pasillos… Desde aquella mañana, cada día sacó a Antón a pasear al patio. Aquel verano estropeó mucho su corazón. Pero ¿acaso Dzerzhinski prestaba atención alguna vez a tales pequeñeces? Se sabe que alguien dijo de él: “Si en toda su vida consciente Dzerzhinski no hubiera hecho nada más que lo que hizo por Róssol, eso bastaría para que los hombres debieran alzarle un monumento”.

Sobre la red Gladio en Italia/Vincenzo Vinciguerra

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¨Todo el arte de la guerra está basado en el engaño. El principal engaño que se valora en las operaciones militares no se dirige sólo a los enemigos, sino que empieza por las propias tropas, para hacer que le sigan a uno sin saber a dónde van.¨ Sun Tzu

¨Desde 1945 en adelante, ha existido en este País una larvada guerra civil entre comunistas, de un lado, y anticomunistas, de otro, que ha ocasionado cientos y cientos de muertos, adecuadamente borrados hoy de la memoria. Y sin embargo, a partir de los primeros años Sesenta y para contrarrestar el intento de expansión soviética, especialmente en el mar Mediterráneo, se puso en marcha una guerra “de baja intensidad” que tenía como objetivo la neutralización de los partidos comunistas occidentales más potentes, el italiano, sin lugar a dudas, y el francés.¨

¨Ha sido una guerra clandestina, no declarada, jamás reconocida, que ha sido coordinada, bajo control político, por el Estado mayor de la Defensa. Una guerra de este tipo se confía a las estructuras secretas de los cuerpos militares; de hecho aparecen en escena los servicios de seguridad civiles y militares, los Servicios operativos y de información (Sios) de las distintas Armas, la estructura oculta del Arma de carabineros, y las de la Alianza Atlántica, “Gladio”, llamada así en Italia.¨

¨El Movimiento Social Italiano es el único partido político que ha contado entre sus parlamentarios a tres directores de los servicios secretos: los generales Giovanni De Lorenzo, Vito Miceli y Luigi Ramponi. Parece evidente que Pino Rauti y Ordine Nuovo no eran considerados “nazis” por la cúpula militar y por los políticos italianos, y que el MSI no era contemplado como “alternativa al sistema”. Esto significa que la derecha no ha combatido nunca contra el Estado anticomunista para aniquilar al comunismo (cosa de por sí contradictoria y grotesca), pero que ha asumido el deber de combatir el comunismo junto al Estado, con el régimen político que lo representaba y gobernaba, considerando que su esfuerzo habría ser reconocido y premiado con su ingreso en la mayoría gubernamental.¨

¨El Estado instrumentaliza a los opositores, crea una situación de colisión, desestabiliza el orden público con el fin de estabilizar el orden político. Las fuerzas de policía, los servicios secretos y los grupos políticos que hacen uso de esos servicios secretos, han instrumentalizado los grupos neofascistas en su propio beneficio desde 1945-46.¨

¨Una organización de extrema derecha debe atacar a los civiles y no a las fuerzas policiales y del Estado por una simple razón: forzar al Estado a un cambio de régimen, más autoritario. Ese era el papel de la derecha en Italia: alimentar la necesidad de un Estado fuerte y fomentar la estrategia de tensión. Y así, que la opinión pública aceptara, en un momento entre 1960 y mediados de los ochenta, un estado de emergencia.¨

¨Había que actuar contra los civiles, contra la gente del pueblo, contra las mujeres, los inocentes, los anónimos desvinculados de todo juego político. La razón era muy simple. Se suponía que tenían que forzar a aquella gente, al pueblo italiano, a recurrir al Estado para pedir más seguridad. A esa lógica política obedecían todos esos asesinatos y todos esos atentados que siguen sin castigo porque el Estado no puede inculparse a sí mismo ni confesar su responsabilidad en lo sucedido.¨

¨Con la matanza de Peteano, y con todas aquellas que han seguido, debe quedar claro que existía una estructura de carne y hueso, oculta y escondida, con la capacidad de dar una dirección estratégica a los atentados … que se encuentra dentro del propio Estado … Existía en Italia una fuerza paralela secreta de las fuerzas armadas, compuesta por civiles y militares, de carácter anti-soviético, es decir, para organizar una resistencia en suelo italiano contra un ejército ruso…una organización secreta, una super-organización con una red de comunicaciones, armas y explosivos, y los hombres entrenados para usarlos…una super-organización que, a falta de una invasión militar soviética que podría no suceder, tomó la tarea, en nombre de la OTAN, de prevenir un deslizamiento hacia la izquierda en el equilibrio político del país. Esto se hizo con la ayuda de los servicios secretos oficiales y las fuerzas políticas y militares.¨

¨La línea terrorista fue seguida por personas camufladas, personas pertenecientes a los aparatos de seguridad, o vinculadas al aparato del Estado a través de una relación o colaboración. Yo digo que cada atentado que siguió a partir de 1969 estubo encuadrado en una misma matriz,… tanto Vanguardia Nazionale, como Ordine Nuovo (el principal grupo de extrema derecha terrorista en activo durante la década de 1970), fueron movilizadas a la batalla como parte de una estrategia anti-comunista, de origen no como organizaciones alejadas de las instituciones de poder, sino desde dentro del propio Estado y, específicamente, dentro del ámbito de las relaciones del Estado dentro de la OTAN.¨  Vincenzo Vinciguerra

* Vincenzo Vinciguerra, es un fascista italiano, ex militante de ¨Ordine Nuovo¨(Nuevo Orden), que actualmente cumple cadena perpetua por un atentado confeso con coche bomba, que se adjudicó falsamente a las Brigadas Rojas, Vinciguerra denunciaría la utilización por parte del Estado y la Otan de las organizaciones de extrema derecha y de él mismo, como fuerzas de retaguardia para realizar actividades terroristas dentro de la ¨estrategia de la tensión¨.

Estas denuncias serían confirmadas el 27 de Octubre de 1990 por el propio Primer Ministro italiano Giulio Andreotti: ¨Después de la Segunda Guerra Mundial, el miedo del expansionismo soviético y la inferioridad de las fuerzas de la OTAN con relación al Kominform (Pacto de Varsovia), condujeron a las naciones de Europa del Oeste a imaginar nuevas formas de defensa no convencionales, creando en sus territorios una red oculta de resistencia destinada a actuar en caso de ocupación enemiga. Su misión: recoger información, cometer actos de sabotaje, propaganda, y actos de guerrilla… a la luz de los recientes y significativos sucesos que han transformado la Europa del Este (caída del muro de Berlín) el gobierno se ha impuesto reconsiderar todas las disposiciones en materia de guerra no ortodoxa,  y verificar toda iniciativa propia tanto sobre el plano político como el técnico-militar, la actual validez y la utilidad de estos sistemas de protección sobre el territorio nacional.¨

Referencias

http://www.voltairenet.org/article163224.html

 

L. A. Blanqui

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¨Cuando un hombre sincero deja a un lado el espejismo fantástico de los programas y las brumas del Reino de Utopía, deja la novela romántica para entrar en la realidad, cuando habla en serio y prácticamente, – desarmar a la burguesía y armar al pueblo: estas son las primeras necesidades, los únicos signos de la salud de la revolución- oh! entonces, la indiferencia se desvanece, y un largo aullido de furia recorre Francia de un extremo a otro. ¡Sacrilegio! ¡Parricidio! ¡Hidrofobia! Hay alboroto, la furia se desata sobre ese hombre; él es condenado a los dioses infernales por haber pronunciado modestamente las primeras palabras de sentido común. Las revolución solicita a hombres que tengan fe en ella, dudar de su triunfo es ya traicionarla, es a través de la lógica y la audacia que uno la lanza y la salva, si careces de estas cualidades tus enemigos las tendrán sobre ti, ellos verán solo una cosa en tu debilidad- la medida de sus propias fuerzas, y su coraje crecerá en proporción directa con tu timidez.¨

La guerra oculta de la CIA contra Jamaica.

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Tras la victoria electoral del Partido Nacional del Pueblo y la elección como presidente del sindicalista Michael Manley en 1972, el nuevo gobierno tomaría una serie de medidas de tendencia socialista moderada, iniciando una gran campaña de alfabetización, estableciendo por primera vez un salario mínimo para los trabajadores, educación gratuita, una reforma agraria y la creación de cooperativas a través del Consejo Cooperativo de Trabajadores del Azúcar, control de precios de los productos básicos, permiso pagado de maternidad y leche gratuita para las madres, un plan de vivienda pública, nacionalización de las empresas de electricidad, telefonía y transporte, nacionalización de fábricas de azúcar y del banco Barclays, elevación del impuesto sobre las exportaciones de bauxita (explotada por empresas norteamericanas y canadienses), nacionalización de la tierra de las minas, y aumento de las participación estatal en la propiedad de las compañías, por ejemplo el Estado compraría el 51 % de las acciones de la empresa de aluminio Kaiser bauxita, etc.

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En el plano internacional, Jamaica estrecharía sus lazos con los procesos revolucionarios anti imperialistas de Cuba, Nicaragua y Granada, y apoyaría las luchas de independencia en África, como es el caso concreto de Angola.

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Estos cambios provocacarían sus reacciones dentro del sector privado, algunas empresas de aluminio abandonaron el país, otras comenzarían a utilizar sus técnicas de guerra económica, como el aumento de precios, acaparamiento, escasez y reducción programada de la oferta de productos básicos, para provocar el descontento popular. A ello se sumarían las sanciones internacionales y la negativa de dar créditos al país para las importaciones de algunos productos, si el gobierno no cambiaba su política.

Por su parte, la CIA norteamericana realizaría una campaña de guerra psicológica mediante la difamación internacional de Jamaica, con el fin de destruir su sector turístico, cancelando vuelos desde EEUU, y diseminando toda clase de noticias alarmistas en las agencias de viajes, infiltraría y utilizaría medios de comunicación e instituciones culturales y de caridad, para espiar, sabotear y reclutar agentes, sobornaría a los sindicatos para organizar huelgas y protestas  y financiaría al principal partido opositor. Todo ello iría acompañado de la organización de grupos terroristas que se encargarían de provocar incendios indiscriminados con bombas molotov, sabotajes y asesinatos de militantes del Partido Nacional del Pueblo, e incluso del partido opositor, para culpar al gobierno e instaurar un clima de terror que paralizara el país.

La CIA reclutaría a narcotraficantes de bandas locales, especialmente de la conocida banda ¨Shower Posse¨, organizándolos en escuadrones y suministrándoles armas para actuar como sicarios y espías, a cambio de permitir y facilitar su actividad y conexiones de trafico de drogas entre la isla y los Estados Unidos, esta banda a su vez, estaba ligada estrechamente con el partido opositor, y varios de sus miembros acabarían testificando años después su implicación con la CIA y en múltiples asesinatos por encargo. El propio ex agente arrepentido de la CIA Phillip Agee, destaparía los nombres de varios agentes encubiertos en Jamaica durante unas jornadas contra la desestabilización celebradas en Kingston, los agentes serían denunciados públicamente mediante la publicación y distribución de sus datos en miles de folletos. Gary Webb, periodista norteamericano asesinado años después en extrañas circunstancias, también denunció esta implicación en su libro ¨La oscura alianza: la CIA, las Contras y la explosión de la cocaína y Crack¨.

Las autoridades realizarían centenares de arrestos, incluso de miembros del propio partido gobernante, sobornados e infiltrados, y llegarían a declarar el Estado de excepción ante los constantes ataques de escuadrones de la muerte. Los militantes del Partido Nacional del Pueblo organizarían patrullas de vigilancia, cortando con barricadas los accesos a algunos barrios de mayoría izquierdista, como el bastión de ¨Trenchtown¨, estableciendo ¨zonas prohibidas¨, como resultado, el país entraría al borde de la guerra civil, produciéndose varios centenares de muertos y heridos.

Las fuerzas de seguridad interceptarían un cargamento de contrabando compuesto por nada menos que 500 ametralladoras y múltiples equipos de comunicación sofisticados, los sabotajes llegarían al punto de envenenar con insecticida un envío importado de harina, que provocaría 17 muertos y una ola de pánico.

El propio presidente Manley, sufriría tres intentos de asesinato por medio de infiltrados en su propio servicio de seguridad.

Todo ello acabaría obligando al gobierno ha aceptar un acuerdo de préstamo del Fondo Monetario Internacional (anteriormente rechazado), bajo condiciones duras para las clases populares,  que sería atacadas en sus condiciones de vida, lo que hizo aumentar el mercado negro, el descontento y la desesperación, y llevó al gobierno debilitado a convocar nuevas elecciones que ganaría finalmente la oposición derechista en 1980.

Referencias

http://countrystudies.us/caribbean-islands/27.htm

http://www.jamaicaobserver.com/columns/The-bauxite-levy-40-years-on–Who-let-the-puss-out-of-the-bag-_16677626

https://socialistworker.co.uk/art/12087/How+the+IMF+wrecked+Jamaica

http://overtheedgebooks.com/portfolio/inside-the-cias-secret-war-in-jamaica/

https://youthandeldersja.wordpress.com/2012/11/11/stir-it-up-marley-manley-the-destabilization-of-jamaica/

http://overtheedgebooks.com/portfolio/inside-the-cias-secret-war-in-jamaica/

How The CIA Created The Jamaican Shower Posse

Agee, Philip (1988). Acoso y fuga: con la CIA en los talones.

http://elpais.com/diario/1980/06/25/internacional/330732012_850215.html

 

De cómo Europa subdesarrolló a África/Walter Rodney

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Es necesario prestar atención a una de las consecuencias más importantes del colonialismo en el desarrollo africano, que es el efecto de retraso en el crecimiento de los africanos como especies físicas. El colonialismo creó condiciones que dieron lugar no sólo a la hambruna periódica, sino a la desnutrición crónica, la malnutrición y el deterioro en el cuerpo del pueblo africano. Si tal declaración suena tremendamente extravagante, es sólo porque la propaganda burguesa ha condicionado incluso a los africanos para creer que la malnutrición y el hambre fueron el destino natural de los africanos desde tiempo inmemorial. Un niño negro con una caja torácica transparente, cabeza enorme, estómago hinchado, ojos saltones, y brazos y piernas como ramas, fue el cartel favorito de la gran operación de caridad británica conocida como Oxfam. El cartel representa un caso de kwashiorkor (desnutrición maligna extrema). Oxfam pide a la población de Europa para salvar a los niños hambrientos de África y Asia del kwashiorkor y otros males. Oxfam nunca molestó sus conciencias diciéndoles que el capitalismo y el colonialismo crearon el hambre, el sufrimiento y la miseria de los niños en primer lugar. Hay un excelente estudio del fenómeno del hambre a escala mundial por un científico brasileño, Josué de Castro, incorpora una cantidad considerable de datos sobre las condiciones de alimentación y salud entre los africanos en su estado independiente pre-colonial o en las sociedades no afectadas por las presiones capitalistas; y luego hace comparaciones con las condiciones coloniales. El estudio indica convincentemente que la dieta africana antes era más variada, que se basaba en una agricultura más diversificada de lo que era posible bajo el colonialismo. En cuanto a las deficiencias nutricionales específicas, aquellos africanos que más sufrieron bajo el colonialismo fueron aquellos que fueron traídos más plenamente hacia la economía colonial: es decir, los trabajadores urbanos.
Los que han estudiado las condiciones nutricionales de los africanos “primitivos” en el África tropical son unánimes en afirmar que no muestran signos clínicos de deficiencia en la dieta. Una de las indicaciones más llamativos de la superioridad de la dieta indígena africana es el magnífico estado de los dientes. Una de las investigaciones entre los seis grupos étnicos en Kenia no pudo encontrar un solo caso de la caries dental, ni una sola deformación del arco dental. Pero cuando esas mismas personas fueron trasplantadas y sometidas a la dieta “civilizada”, disponible bajo el colonialismo, sus dientes comenzaron a decaer en seguida.

Los capitalistas desinformaron y maleducaron a los trabajadores en las metrópolis hasta el punto de convertirlos en aliados de la explotación colonial. Al aceptar ser guiados como ovejas, los trabajadores europeos estaban perpetuando su propia esclavitud a los capitalistas. Ellos dejaron de buscar el poder político y se contentaron con la negociación de los pequeños aumentos salariales, que fueron por lo general compensados por el aumento del costo de vida. Dejaron de ser creativos y permitieron que la decadencia cultural burguesa les sobrepasara. No pudieron ejercer un juicio independiente sobre los grandes temas de la guerra y la paz, y por lo tanto terminaron sacrificando no sólo a los pueblos coloniales, sino también a sí mismos.

* Walter Rodney fue un destacado historiador, académico y militante revolucionario de Guyana, muerto en 1980 tras la detonación de un explosivo instalado en un walkie talkie.

Referencias

https://www.marxists.org/subject/africa/rodney-walter/index.htm

Heusinger: de general nazi, a agente de la CIA y presidente de la OTAN.

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Adolf Heusinger, constituye un caso paradigmático del origen y la historia criminal de la organización terrorista OTAN, los perros de presa del imperialismo occidental, los sicarios de los monopolios bajo fachada ¨democrática¨.

Heusinger nació en 1897 en Holzminden, Alemania, tras alistarse en el ejército participaría en la I Guerra Mundial, a partir de entonces iría escalando puestos dentro del ejército llegando a capitán en 1936 ya con los nazis en el poder, y a coronel en 1940. Heusinger tendría un destacado papel en la planificación de la ocupación de Austria y, al estallar la II Guerra Mundial, en la invasión de Polonia, Dinamarca, Noruega, Francia y los Países Bajos. En el transcurso de la guerra Heusinger fue nombrado general de brigada y, después, de división. En 1944 ocuparía temporalmente el puesto de Jefe del Estado Mayor, ese mismo año resultaría herido durante un atentado dirigido contra Hitler y su cúpula, y posteriormente arrestado e interrogado por la gestapo durante las investigaciones sobre el atentado, al no encontrar pruebas en su contra sería puesto en libertad y enviado a la reserva. En 1945 sería sería nombrado jefe de la división de cartografía, y dos meses después caería detenido por los americanos.

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Tras testificar en los juicios de Nuremberg, sería absuelto de sus cargos debido a su ¨actitud colaborativa¨, en 1947 Heusinger ingresó en la oficina de inteligencia del general Reinhard Gehlen, otro antiguo oficial nazi –general de la Whermacht– que, tras perder la guerra, se alistó como espía estadounidense. La Organización Gehlen fue una red de espías organizada por las fuerzas de ocupación estadounidenses en Alemania sobre la base de las redes de inteligencia creadas por los nazis, que jugó un papel fundamental espiando a la Unión Soviética y sus aliados, sobretodo, claro está, la RDA. Los documentos desclasificados de la CIA no ahorran elogios a Heusinger, que dicen “se ganó el respeto de sus colegas americanos y alemanes por su competencia profesional y su integridad personal”. Los papeles secretos reconocen que la CIA consideró seriamente que Heusinger sustituyera a Gehlen, pero en los años 50 el general decidió retomar su carrera militar en la República Federal Alemana y, aunque siguió siendo un “representante influyente de los intereses estadounidenses en la remilitarización alemana y la Organización Gehlen”, poco a poco fue dejando sus labores en el servicio de inteligencia. Ahora bien, nunca dejó de ser un buen confidente de la CIA.

En 1950, el general se convirtió en el principal consejero en asuntos militares del canciller Konrad Adenauer y trabajó en la Amt Blank, el “departamento” gubernamental dirigido por Theodor Blank, que en 1955 se convirtió en el Ministerio de Defensa de la Alemania Occidental.

Con el restablecimiento del ejército alemán en 1955, Heusinger volvió a ingresar en el mismo, siendo nombrado teniente general y jefe del Consejo de Liderazgo Militar. En 1957 fue ascendido a general de ejército y fue el primer inspector general del nuevo Bundeswehr, donde sirvió hasta 1961. Ese año fue nombrado presidente del Comité Militar de la OTAN –el rango más alto de la rama no civil de la organización–, puesto en el que sirvió hasta 1964 cuando, con 67 años, se retiró por fin de los cuarteles, en 1982 moriría a la edad de 85 años.

Referencias

http://www.foia.cia.gov/sites/default/files/document_conversions/1705143/HEUSINGER,%20ADOLF_0006.pdf

http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2016-01-10/adolf-heusinger-la-historia-del-general-nazi-que-acabo-dirigiendo-la-otan_1132337/